Los colores del ártico (la despedida)
La luz del Sol de Medianoche tiene otro color. Es una luz sin escondites, sin noche ni oposición. Es una luz que afila aquello en lo que se posa, elimina las sombras y congela los perfiles nítidos de los objetos. Por eso, todo lo que sucede en el Ártico parece más definido: desde el azul del hielo a la quietud del agua, incluso la densa oscuridad de las nubes parece más dicha, más clara, más innegable en estas latitudes.
Por eso, probablemente, me resulte tan difícil procesar las fotografías de este viaje. Por eso también, me despido del Ártico con nuevas ideas claras e intensas, aunque puede que contradictorias entre sí, como puntas de flecha afiladas en direcciones opuestas.
Blanco
El día en que llegamos a Longyearbyen lucía un sol espléndido. La gente de la zona nos advirtió que no era lo más común, pero a nosotros la novedad nos sirvió para empezar con luz optimista la campaña. Y para desvelarnos la primera noche. Resulta realmente desconcertante irse a la cama sin poder discernir si aún no ha anochecido o si ya está amaneciendo. A fin de cuentas, ¿qué diferencia una siesta larga de una noche que no separa dos días?
Desde ese feliz estreno, el viaje parece haber ido siempre a mejor: de Pyramiden y Barentsburg, las ciudades mineras rusas, a las fronteras del casquete polar Ártico en la zona de hielo marginal del Estrecho de Fram (después de un día de navegación por mar abierto, la repentina aparición del hielo, en grandes bloques poligonales, flotando sobre las aguas y chocando entre sí, fue una visión sobrecogedora). Sin dejar de lado las visitas de los animales: cuando ya nos habíamos acostumbrado a la continua compañía de los petreles, pudimos saludar a nuestro primer oso polar desde lejos. Un día más tarde, tres enormes morsas se dejaron retratar en Magdalenafjord. Llegamos a avistar incluso una ballena en el horizonte. Y, por fin, uno de los últimos días, un pequeño oso, movido por el hambre probablemente, y la curiosidad, se acercó hasta la proa misma del Jan Mayen.
Todos estos episodios han servido para despertar cada día la alegría de todos los participantes de la campaña. Han sido momentos eufóricos, llenos de sorpresas y novedad, donde la mandíbula no nos daba para sonreír más.
Azul
El hielo del Ártico es azul, el color del H2O puro. El hielo que consumimos habitualmente, debe su color blanco a las pequeñas burbujas de aire que se encierran en él. Pero estos bloques de hielo, sometidos a la altísima presión de de la nieve (acumulada durante más de 200.000 años en algunos casos) es Azul. Con mayúscula y profundidad. Yo nunca había visto un color así.
Decía Goethe que “el azul es una nada encantadora”. Y probablemente sea esa la mejor definición del hechizo que ejercen estos paisajes. Son hipnóticos: fascinantes (con su etimología mágica). El espacio vacío, quieto, frío, Azul tira de las pupilas de su espectador y las deja suspendidas en el tiempo.
Gris
La mayoría de estos días en el Ártico han amanecido nublados. Pero eso no los ha convertido en días oscuros: al contrario, la luz del sol disipada por las nubes teñía el paisaje con tonos fríos, sin sombras, absolutamente nítidos. Y quietos: las aguas del Ártico, a la altura del hielo, parecen una piscina de mercurio oscuro, pesado, reflectante.
Por su parte, esas mismas nubes responsables de la rareza del paisaje se presentaban cada vez con un nuevo color (gracias a la baja inclinación del sol). Parecían empeñadas, cada día, en reproducir una nueva acuarela de Turner.
El resultado eran escenas cargadas de cierta nostalgia, una sensación que muchos compañeros hemos compartido durante estos días. Quizás porque sabemos que este mundo es menos probable cada día que pasa. Porque sabemos que asistimos al despiece de una ficción futura. Hoy muchos sentimos que nos despedimos para siempre del Ártico.
El viernes, sobre las 12 de la “noche” salimos a cubierta de proa para celebrar el cruce de la frontera de los 80 º N. Cuando llegamos, el hielo ya no estaba allí.



