27 mayo, 2011


Almudena M. Castro

El pasaporte del agua

Una frontera es una línea imaginaria que suele servir para separar realidades más difusas.  Cualquiera que haya viajado a otro país por carretera, sabe que el paisaje no cambia repentinamente nada más llegar a la dichosa raya. Al contrario de lo que dicen los mapas, el suelo no tiene distinto color en Francia o en Portugal.

En el caso de los océanos el “difuminado” de esta raya es especialmente pronunciado porque, como dicen por ahí “no se le pueden poner diques al mar”. Eso explica que, estando en plano Océano Ártico, los científicos de ATP se esfuercen tanto en esquivar el agua atlántica (inútil para realizar ciertos experimentos) y que nos hayamos tenido que acercar hasta el mismísimo casquete polar para muestrearla sin problemas. No todos los que habitan en Madrid son madrileños, ni todo el agua que hay a 79 º N es ártica. Pero entonces, ¿cómo se puede conocer la procedencia del agua? ¿Pidiéndole el pasaporte?

Pues bien, algo parecido: gracias a los perfiles de un viejo conocido de esta bitácora, el CTD, es posible conocer su procedencia. Si recordáis, este aparatito iba acoplado a la roseta para medir la temperatura, la salinidad y la profundidad del agua (CTD significa Conductivity, Temperature & Depth). Cuando la roseta baja con sus botellas para llenarlas de muestras de agua, el CTD va tomando valores de forma continua para elaborar un perfil de la columna de agua. Gracias a este perfil y conociendo las corrientes características del lugar en el que nos encontramos, los científicos pueden averiguar cuál es la procedencia del agua en cada punto de la columna.

Por ello, sabemos que el agua ártica no es el agua que está en el Ártico. Ni siquiera el agua que tiene trozos de hielo flotando: el agua ártica es aquella que se atiene a ciertos valores de salinidad (baja, ya que gran parte de su agua procede del hielo derretido) y temperatura (también baja porque, creedme: aquí arriba hace mucho pero que mucho frío).  Por el contrario, las capas de agua que contienen más sal o son más cálidas, proceden del Atlántico.

Gracias a estas diferencias de temperatura y salinidad, aguas de distinta densidad generan fuertes corrientes que conectan los diversos mares y océanos. Se llama circulación termohalina (o cinta transportadora de los océanos) a este sistema circulatorio que une los océanos a nivel global. Precisamente aquí donde nos encontramos, en el Estrecho de Fram (una profunda brecha entre Groenlandia y las Svalbard) se intercambia entre el 80% y el 90% del agua del Ártico. La corriente atlántica del golfo sube desde México, (desde los trópicos donde absorbe calor), hasta el Oeste de Europa. De hecho, este es el fenómeno que hace un lugar como Noruega habitable y explica que, a la altura a la que nos encontramos (79 º N) haya una temperatura relativamente alta en comparación con otros lugares situados en el mismo paralelo.

Si os fijáis en un mapa del Ártico, observaréis que el hielo se reparte de forma desigual a lo largo del casquete polar. Precisamente, a la altura de Svalbard parece retroceder, pero junto a la costa de Groenlandia vuelve a crecer notablemente: esto se debe, precisamente, al intercambio que hemos descrito. El agua cálida y salada del Atántico sube por el Este, se enfría al llegar hasta estas regiones ganando densidad y hundiéndose rápidamente bajo el Ártico para volver más tarde hacia el Sur pegada a Groenlandia. Es este fenómeno (y su equivalente en el Polo Sur) lo que impulsa principalmente la circulación termohalina.

Sin embargo, podría llegar un momento en que esta circulación se colapsase. Sucedería si el deshielo del Ártico bajase tanto la salinidad de la corriente atlántica entrante (y con ella, su densidad), que esta no llegase nunca a hundirse. Este es uno de los “tipping points” del cambio climático que contemplan los científicos y es la base de la película “El día después”. Por suerte, como dice Carlos Duarte, uno de los coordinadores de ATP del CSIC sólo “los dos primeros minutos de la película” tienen alguna base científica. El resto del apocalipsis es pura ficción (incluso en el caso de un colapso así, no se produciría una glaciación en el hemisferio Norte). Por no mencionar que el hielo no es un predador: no persigue a nadie que no protagonice una peli americana.

En cualquier caso, nuestra propia película no está escrita y por eso estamos a tiempo de cambiar las expectativas. Como dice Carlos Duarte, “si no te gusta lo que oyes, no hagas zapping: ¡cambia el guión!”




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